Ya pasó el primer año del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
En ese lapso ha dejado ver al megalómano que siempre ha llevado dentro, sus ansias expansionistas y hasta al berrinchudo dispuesto a invadir Groenlandia porque no le otorgaron el Nobel de la Paz.
El régimen de Cuarta… Transformación ha sido blanco constante de sus arranques jactanciosos, al imponerle sanciones a los productores mexicanos porque el gobiernito ha sido incapaz de frenar el tráfico de fentanilo –calificado por Washington como “arma de destrucción masiva”-- como él quiere; más y más tarifas a las exportaciones de acero y aluminio, al jitomate, al… ; constantes advertencias sobre la cancelación del tratado comercial de América del Norte, y una persistente exigencia de desligar al gobiernito de los cárteles delincuenciales, a los que calificó de terroristas, que asuelan la seguridad de los mexicanos y la salud de los estadounidenses.
Hasta ahora, la señora Claudia Sheinbaum sólo ha mostrado resistencias retóricas con un machacón discurso en el que invariablemente dice que somos “un país libre y soberano”… para siempre acabar cediendo a las exigencias, demandas o hasta simples sugerencias de Trump.
Al inicio, se dio el lujo, incluso, de armar una concentración de “acarreados” en el Zócalo para mostrar músculo, lo que debió haber provocado carcajadas desde la garita de San Ysidro, en California, hasta el Ambassador Bridge, que conecta a Detroit, en EU, con Windsor, en Canadá.
Ella dice tener “cabeza fría” ante los halagos –“buena mujer”, “elegante”-- que al instante son convertidos en insultos: “ella no manda”, “tiene miedo a los carteles”, lo que cree que le ha funcionado hasta ahora… al menos frente a los cuatroteros que consumen sin chistar todo lo que ella expele en sus mentiñeras.
Pero las presiones van al alza. Desde hace semanas Washington le está exigiendo resultados “tangibles” en materia de seguridad, pues ella y su secretario de (in)Seguridad, Omar García, los matizan con cifras amañadas que presentan cada 15 días y que allá en las riberas del Potomac no se tragan.
Y lo que exigen desde el gabacho no es fácil de entregar para ella, sujeta como está también a las presiones que desde Palenque ejerce su creador López Obrador: protección a sus aliados narcotraficantes y a los más destacados miembros de su secta morenista que apoyaron y se beneficiaron de esas complicidades puestas al descubierto por la CIA, la DEA y otras agencias de la Administración republicana.
A tropezones, con presiones de variado calibre, con llamadas telefónicas ríspidas, mal que bien la señora Sheinbaum ha flotado en el proceloso mar de los caprichos, las vendettas y hasta los berrinches de Trump.
La pregunta es, empero, ¿resistirá otros tres años más?
Y no. No es para apostar en Polymarket.
La cola sucia de los cuatroteros
En política, solían decir sus más viejos oficiantes, “los enemigos son de a deveras y los amigos de mentiritas.”
Andrés Manuel López Obrador y Donald Trump solidificaron su relación “amistosa” a partir de supuestos fraudes electorales de los que habrían sido víctimas. El primero en 2006, el segundo diez años después.
Hace poco más de cinco años los rumores insistentes de Palacio hablaban de un magno festejo por el triunfo del golpista Trump sobre las flaquezas políticas de Joe Biden que no pudo con el manejo del impeachment. El envalentonamiento había cobrado nuevos bríos. El caudillito se sentía imparable con un Trump reelecto en 2020.
No fue así. Y pese al apoyo desplegado por el tabasqueño al neoyorquino, al no felicitar a Biden por su triunfo sino hasta pasadas varias semanas de conocidos los resultados electorales, Trump no correspondió como amigo y, así, luego de su arribo a la Casa Blanca el año pasado trató a los seguidores de AMLO –Sheinbaum la primera-- como reales enemigos, ni siquiera adversarios.
Ya no fue un muro, sino la expulsión de centenares de miles de mexicanos indocumentados.
Ya no esperó a que se doblaran ante sus peticiones comerciales, sino que los encontró ya hincados.
Ya no aguardó a que iniciaran siquiera juicios de extradición, le mandaron a los delincuentes que él demandó –ayer, otros 37-- y hasta se dio el lujo de que le entregaran en las puertas de su país a Ismael El Mayo Zambada.
Ya no deja ingresar a su territorio a los políticos, morenistas en su mayoría, de quienes tiene documentadas sus alianzas con la delincuencia.
Ya no espera que el Senado mexicano autorizara el sobrevuelo de aviones y drones, o que sus aparatos aéreos aterrizaran en aeropuertos civiles, ni a que sus agentes y militares pisaran y actuaran en territorio nacional. Sabe que es mero trámite del tipo virutas y corcholatazos.
Finalmente, pueblo pobre, con gobierno pobre, carente de lo elemental para sobrevivir en medio de un mar de amenazas y malos tratos y sin una dirigencia política que se atreva a sacar la cabeza porque sabe que tiene la cola sucia.
¿Aguantarán tres años más?
Indicios
Corre en las redes un análisis digno de que lo conozca la mayor cantidad posible de mexicanos. Habla de la lógica criminal de AMLO: “Trenes, aeropuertos, puertos y corredores energéticos fueron presentados como proyectos de desarrollo nacional, pero carecían de viabilidad económica, conectividad productiva o sentido comercial real. No estaban diseñados para mover personas ni mercancías; estaban diseñados para facilitar el trasiego. Drogas, combustibles, flujos ilícitos. Infraestructura sin demanda, pero con rutas perfectas. Aeropuertos sin pasajeros, pero con pistas útiles. Trenes sin carga, pero con corredores estratégicos. Cuando Washington conectó esos puntos, dejó de ver obras fallidas y empezó a ver plataformas operativas. Y en ese instante, el problema dejó de ser mexicano y pasó a ser hemisférico”. Eso es lo que Trump le cobra ahora a Sheinbaum. * * Por hoy es todo. Reciba mi reconocimiento por haber leído estas líneas. También, como siempre, mis mejores deseos de que tenga ¡buenas gracias y muchos, muchos días!
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