Efecto contagio: cuando el miedo se viraliza más rápido que la verdad

Efecto contagio: cuando el miedo se viraliza más rápido que la verdad

Foto: FreePik

Tras los acontecimientos del domingo, la desinformación inundó redes sociales y servicios de mensajería, multiplicando versiones sin sustento, audios alarmistas y presuntas alertas ciudadanas que terminaron por detonar una psicosis colectiva, por lo que en cuestión de minutos el pánico se volvió tendencia.

 

Pero no se trata de algo inédito. En escenarios de crisis o alta incertidumbre, la rapidez con la que se difunden datos y versiones rebasa con frecuencia los tiempos necesarios para confirmarlos. 

 

Así funciona el denominado “efecto contagio”, un fenómeno psicosocial mediante el cual emociones como el temor, la rabia o la indignación se expanden con rapidez dentro de una comunidad, particularmente a través de redes sociales y entornos digitales.

 

¿Qué es el efecto contagio?

 

Especialistas en comunicación y comportamiento colectivo explican que el llamado “efecto contagio” se produce cuando una conducta, emoción o creencia se replica de manera masiva sin que exista un análisis crítico previo. 

 

En redes sociales y aplicaciones de mensajería, este proceso se potencia por tres factores clave: la inmediatez, que permite que la información circule en cuestión de segundos; la prevalencia de la emoción sobre la razón, ya que los mensajes que apelan al miedo o al enojo tienden a compartirse con mayor rapidez, y la validación social, pues cuando un contenido es reenviado por muchos contactos, se percibe automáticamente como verdadero.

 

En contextos de violencia o crisis de seguridad, el efecto contagio puede tener consecuencias concretas como compras de pánico, suspensión de clases y actividades laborales, cierres anticipados de comercios, movilizaciones innecesarias e incluso agresiones colectivas.

 

Cuando el rumor provoca consecuencias reales

 

México ha enfrentado diversos episodios en los que la desinformación no sólo generó confusión, sino que desató caos tangible. Uno de los casos más recordados ocurrió en enero de 2017, tras el incremento en el precio de los combustibles. 

 

En medio del llamado “gasolinazo”, comenzaron a circular en redes sociales convocatorias falsas y mensajes alarmistas sobre supuestos saqueos masivos, si bien hubo hechos reales, la difusión de rumores y contenidos sin contexto amplificó el fenómeno en varios estados, provocando psicosis colectiva, cierres comerciales preventivos y pérdidas económicas millonarias.

 

Otro ejemplo alarmante han sido los rumores sobre supuestos “robachicos”: en distintas entidades del país, entre ellas Puebla, mensajes falsos difundidos por WhatsApp o Facebook advirtieron sobre secuestradores de menores. En varios casos, la reacción fue violenta: personas inocentes fueron retenidas, golpeadas e incluso asesinadas por turbas que actuaron con base en información no verificada.
 

Durante los sismos de septiembre de 2017 también hubo una oleada de desinformación, circularon listas falsas de edificios colapsados, nombres de personas desaparecidas inexistentes y advertencias sin sustento que entorpecieron labores de rescate, saturaron líneas de emergencia y generaron angustia innecesaria entre la población.

 

En todos estos casos el patrón se repite: un mensaje alarmista, compartido sin confirmación, provoca una reacción emocional inmediata que termina por traducirse en consecuencias reales.

 

¿Por qué creemos y compartimos rumores?

 

La psicología social explica que en escenarios de incertidumbre las personas buscan explicaciones rápidas que ayuden a reducir la ansiedad; un audio que “advierte” sobre un peligro inminente o un mensaje que “alerta” sobre una amenaza ofrece una sensación momentánea de control. 

 

Compartirlo se percibe como un acto solidario, aun cuando la información no esté confirmada, a ello se suma el funcionamiento de los algoritmos digitales, que priorizan el contenido que genera mayor interacción. El miedo, la indignación y el escándalo producen más clics, comentarios y reenvíos, lo que amplifica su alcance.

 

¿Cómo prevenir el contagio del pánico?

 

Frente a este escenario, autoridades y especialistas coinciden en medidas básicas pero fundamentales como verificar que la información provenga de fuentes oficiales o medios reconocidos; desconfiar de audios anónimos o mensajes sin autor identificable; evitar compartir contenidos por impulso; contrastar versiones en al menos dos fuentes distintas, y promover la alfabetización digital para identificar noticias falsas y manipulación.
 

En momentos de tensión social, la responsabilidad ciudadana no sólo implica exigir seguridad y justicia, sino también ejercer prudencia informativa; en la era digital, un rumor no es solo un mensaje, puede convertirse en chispa, y cuando el miedo se propaga sin control, las consecuencias trascienden la pantalla.

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