Durante años, como sociedad dimos por hecho que la información vivía en los medios de comunicación, que ahí empezaba y ahí terminaba. Hoy ya no es así, porque la información aparece en otro lado, con otro tono y con otras reglas.
Los propios medios, periodistas y gente de la industria lo saben, aunque no siempre lo digan en voz alta y traten de esconderlo. El reporte Journalism and Technology Trends and Predictions 2026 del Reuters Institute y la Universidad de Oxford lo pone con números sobre la mesa, por un lado apenas el 38% de quienes dirigen organizaciones informativas cree que el periodismo tiene buenas perspectivas en el corto plazo, hace cuatro años eran 60%. La caída no es menor y es una señal de desgaste.
Pero lo interesante viene después, ya que en el mismo estudio, el 53% de esos mismos directivos sí confía en el futuro de sus propias empresas. Es decir, el problema no es que todo vaya mal, es que ya no va parejo, algunos están encontrando cómo adaptarse, otros simplemente se están quedando atrás.
Actualmente la adaptación tiene forma en video, principalmente, esto debido a que el 79% de los medios planea invertir más en este formato, mientras que el 71% apuesta por el audio. El texto, que durante décadas fue el centro de todo, ya no alcanza para competir en un entorno donde la atención se gana en segundos.
Hay otro dato que ayuda a entender el cambio, ya que de acuerdo con cifras internas de plataformas como Meta, hoy solo el 17% del tiempo que la gente pasa en Facebook y el 7% en Instagram está relacionado con contenido de amigos o familiares, el resto viene de recomendaciones. Es decir, de cosas que no buscaste, pero que el sistema decidió que ibas a ver.
Eso cambia la lógica completa del comportamiento y de los consumos en línea, porque antes compartíamos noticias, era el principal motor de acción, sin embargo, hoy pareciera que las consumimos en silencio. Antes un artículo viajaba de persona en persona, hoy se pierde en un scroll infinito donde todo dura lo mismo: poco (si es que llega a suceder).
En ese contexto los creadores han tomado la batuta, no necesariamente porque informen mejor, sino porque hablan distinto. Más directo, más cercano, más fácil de consumir, para muchos jóvenes, eso pesa más que el respaldo de una marca. El problema es que esa cercanía no siempre viene acompañada de rigor y ahí empieza a moverse una línea delicada. Porque mientras los medios pierden terreno, buena parte del contenido que ocupa su lugar está cargado de opinión, de sesgo o de simplificación.
En paralelo, la inteligencia artificial está haciendo lo suyo, sin pedir permiso, el mismo reporte documenta cómo redacciones completas están usando IA para tareas que antes tomaban semanas. Análisis de horas de audio, monitoreo de conversaciones en tiempo real, generación de alertas casi instantáneas. Lo que antes requería equipos enteros hoy se resuelve con sistemas bien entrenados.
Eso tiene ventajas evidentes, permite hacer mejor periodismo en menos tiempo. Pero también tiene un efecto colateral: vuelve prescindible una parte del contenido. Lo más básico, lo más repetible, lo más predecible.
Mientras tanto, el golpe económico ya se siente. datos recientes de GfK DAM en España muestran caídas fuertes en tráfico digital: medios perdiendo millones de usuarios únicos en un solo mes y desplomes de hasta 20 o 30% en páginas vistas. La razón es sencilla debido a que los buscadores ya no envían tráfico como antes. Responden ellos mismos, resumen, sintetizan, contestan y en ese proceso, el medio queda fuera de la ecuación.
Hay quienes están encontrando una salida en acuerdos con empresas de inteligencia artificial. Licenciar contenido, vender archivos, convertirse en proveedores de datos. El Reuters Institute señala que el interés por este modelo creció hasta 37% entre ejecutivos del sector. Pero también advierte algo: solo una minoría cree que eso será realmente rentable. La mayoría espera ingresos marginales o, de plano, nada.
La información sigue teniendo impacto, la diferencia es que ahora compite en un terreno donde la velocidad importa más que la precisión, y donde la atención es más escasa que nunca. Entender eso no resuelve el problema, pero al menos evita que sigamos pensando que esto sigue funcionando como antes. Porque no, ya no lo hace.
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