En el marco del Día Mundial del Hambre, la inseguridad alimentaria continúa siendo uno de los principales desafíos sociales en Puebla, pese a la reducción reportada en los niveles de pobreza multidimensional y al incremento histórico del salario mínimo en México.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, 39.3 % de los hogares poblanos enfrentó algún grado de dificultad para acceder a una alimentación suficiente y adecuada durante el último año.
Aunque la cifra representa una mejora frente al 52.5 % registrado en 2022, el problema aún afecta a casi cuatro de cada diez hogares en la entidad.
Entre los indicadores más preocupantes, 35.2 % de las familias manifestó preocupación porque los alimentos se terminaran antes de concluir el mes, además, cerca de 8.7 % reportó no poder hacer las tres comidas diarias o incluso haber pasado uno o dos días sin comer.
La situación impacta de manera especial a niñas, niños y adolescentes. En hogares con menores de edad, 28.8 % reconoció no garantizar una alimentación sana y equilibrada, mientras que en 9.8 % algún menor experimentó hambre por falta de comida suficiente.
Las cifras contrastan con los indicadores oficiales sobre reducción de pobreza, según mediciones del INEGI con metodología del CONEVAL basadas en la ENIGH 2024, la pobreza multidimensional en Puebla disminuyó a 43.4 % de la población, equivalente a alrededor de 2.8 millones de personas, lo que representa una reducción cercana a 10 puntos porcentuales respecto a 2022.
Asimismo, el salario mínimo general alcanzó en 2026 los 315.04 pesos diarios, cerca de 9, 582 pesos mensuales, acumulando un incremento real superior a 150 % desde 2018. Autoridades estatales estiman que más de 1.5 millones de trabajadores poblanos se han beneficiado de estos aumentos.
Sin embargo, diagnósticos sociales advierten que el incremento en ingresos no siempre se traduce automáticamente en seguridad alimentaria.
Factores como la inflación en productos básicos, la desigualdad en la distribución del gasto familiar, los rezagos en comunidades rurales y los hábitos de consumo limitados a alimentos de bajo valor nutricional continúan afectando el acceso a dietas saludables.
Reportes regionales señalan que zonas de alta marginación, particularmente en la Sierra Norte y la Mixteca poblana, concentran mayores niveles de carencias alimentarias.
Además, persisten patrones de alimentación basados principalmente en tortilla, arroz, aceites y azúcares, con bajo consumo de proteínas y micronutrientes esenciales.
Aunque programas sociales, apoyos al campo y transferencias gubernamentales han contribuido a mejorar los indicadores, organizaciones civiles y expertos consideran que aún existen problemas estructurales que impiden garantizar una alimentación nutritiva y suficiente para toda la población.
En Puebla, el reto sigue siendo convertir la mejora económica y salarial en bienestar alimentario tangible para las familias, especialmente en hogares con menores de edad y comunidades rurales.