Hay una diferencia abismal entre administrar un deporte y exprimirlo hasta la última gota y Gianni Infantino parece haber olvidado dónde está la línea.
La propuesta que hoy tiene al fútbol mundial al borde de una fractura histórica no va de cambiar una regla menor o sumar un par de equipos a un torneo, como en el último mundial, que con bastantes matices se podría considerar como un éxito del directivo de la FIFA. Sin embargo, cuando pensé que dejaría un rato el fútbol en este espacio, la FIFA buscaría crear una empresa que concentre los derechos comerciales de la Copa del Mundo, y otros torneos de esa casa, para venderle una parte a inversionistas privados, es decir, pretenden convertir al Mundial en un activo financiero.
La reacción no se hizo esperar, ya que las 55 federaciones que integran la UEFA votaron por unanimidad boicotear cualquier competición de la FIFA si el proyecto sigue adelante. Este movimiento, aunque lo parezca, no es un berrinche de escritorio, más bien es un ultimátum, derivado de la muy mala relación entre el organismo mundial y el europeo que se ha fincado al menos en la última década. Europa le está diciendo a la FIFA que el Mundial no puede terminar en manos de accionistas que voten por el calendario, el formato o las sedes con una calculadora en la mano. La CONCACAF ya mostró reservas y el aislamiento político del presidente de la FIFA empieza a ser insostenible.
Lo interesante es que esta bronca no empezó hoy ni nació con los fondos de inversión, esto solo destapó los problemas que llevan años calentándose. Infantino entendió muy rápido que el futbol podía imprimir mucho más dinero, pero cometió el error de confundir crecimiento con explotación. Desde su llegada, el calendario dejó de planearse pensando en la salud del juego y pasó a diseñarse buscando la siguiente gran ventana comercial: más selecciones, más partidos, más torneos, más derechos audiovisuales. El Mundial de Clubes es el ejemplo perfecto de un monstruo que nadie en la cancha pedía, pero que cuadraba de maravilla en las cajas registradoras.
Hoy van por el pez gordo y justo aquí hay que entender algo clave: cuando un fondo de inversión entra a una mesa, no le importa la tradición ni las rivalidades históricas; compra expectativas de rentabilidad. Para que un negocio sea rentable al estilo de Wall Street, solo existe una regla: exprimirlo siempre un poco más, no importa cuánto dure.
La verdadera paradoja es que el Mundial ya es el torneo más lucrativo del planeta por una razón muy simple: alguien más paga la cuenta.
Durante décadas, la FIFA perfeccionó una jugada maestra, esto debido a que los países anfitriones gastan miles de millones de dólares en estadios, puertos, aeropuertos y seguridad pública, mientras absorben exenciones fiscales y se someten a las exigencias comerciales de Zúrich. Al final de la fiesta, los Estados se quedan con las deudas y las instalaciones vacías, pero la FIFA se lleva intactos los ingresos de transmisión, patrocinios y licencias. Sucedió en Brasil 2014, en Qatar 2022 y volvió a verse en el armado del Mundial de Norteamérica.
La FIFA lleva años socializando los costos y privatizando las ganancias, por eso esta jugada resulta tan absurda. Si el modelo ya es una mina de oro infinita, ¿qué necesidad hay de abrirle la puerta al capital privado? La respuesta es pura codicia corporativa, para ciertos personajes muy obscuros no existe el "suficiente dinero", siempre necesitan el siguiente escalón.
Lo que más indigna es la hipocresía, no hace falta ir muy lejos, cuando estalló el intento de la Superliga Europea, Infantino se paró en el púlpito a defender la "esencia del deporte" y a recordar que el futbol era un patrimonio de todos. Hoy, la mayor amenaza de privatización no viene de cuatro o cinco clubes rebeldes, sino del propio organismo al que le confiamos la custodia del juego.
Por eso Europa, Norteamérica y la confederación asiática, han pintado su raya defendiendo un límite, debido a que una vez que el Mundial entra a las lógicas del capital privado, cualquier cosa que no genere dividendos se convierte en un estorbo. El aficionado deja de ser parte de una comunidad para transformarse en un mero consumidor, y el calendario deja de regirse por el juego para subordinarse al rendimiento financiero.
El futbol ha sobrevivido a guerras, crisis económicas y pandemias justamente porque nunca le perteneció a sus burócratas; le perteneció a los que sudaban en el pasto y a los que cantaban en la grada. Infantino está convencido de que el Mundial es un negocio de su propiedad y el día en que un reporte trimestral valga más que un gol, nos vamos a dar cuenta, demasiado tarde, de que había cosas que simplemente no estaban a la venta.
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