El morbo que alimenta el odio

El morbo que alimenta el odio

El morbo no es una simple curiosidad inofensiva; es la mecha que enciende y alimenta la polarización en los entornos digitales. Al dejarnos llevar por el impulso primitivo de consumir y compartir lo grotesco, lo escandaloso o el conflicto ajeno, convertimos la tragedia en espectáculo y la diferencia en amenaza. Esta atención masiva centrada en el drama no solo deshumaniza a las personas involucradas, sino que nutre un ecosistema de indignación constante donde la empatía queda desplazada. Lo que inicia como un voyerismo pasivo rápidamente se transforma en linchamiento mediático, polarización y hostilidad, convirtiendo las redes en un territorio donde la agresión verbal sustituye a la escucha y el respeto.

 

Investigando un poco sobre la fascinación de la gente hacia lo que causa morbo, entendido como la característica de una persona (o varias) hacia lo peligroso, lo enfermizo, lo grotesco, encontré que según estudios de expertos como el doctor Coltan Scrivner, especialista en psicología y atracción del ser humano hacia el terror, lo peligroso, refiere que el morbo es un sistema de evaluación de amenazas que la evolución perfeccionó para mantenernos alerta.

 

La diferencia es que, en el entorno ancestral, la información peligrosa era escasa; hoy, los algoritmos de redes sociales explotan ese mismo impulso adaptativo para ofrecernos un flujo ininterrumpido de contenido impactante y lo explica en su Investigación sobre por qué nos atrae lo grotesco o amenazante como mecanismo de aprendizaje seguro y refiere que es un instinto de supervivencia ancestral y hoy se ha adaptado al mundo digital, donde el algoritmo entendido como ese filtro que ordena toda la información que consumimos en internet, de acuerdo a nuestras preferencias expresadas en el consumo de contenidos, seguidores y tiempo que dedicamos frente a una publicación en particular.

 

El "morbo" digital no surge por pura malicia, sino porque las plataformas actuales han aprendido a hiperestimular mecanismos evolutivos diseñados para mantenernos a salvo y conectados, sin embargo, hechos como accidentes, actitudes, comentarios, dan pie a escenarios violentos, de fractura social y de deshumanización.

 

El morbo que generan los eventos virales en las plataformas digitales no se limita al entretenimiento pasivo; funciona como el combustible inicial para la escalada y propagación de discursos de odio que fracturan a la sociedad. Al hacer circular videos escandalosos, enfrentamientos o tragedias para satisfacer la curiosidad pública, la interacción algorítmica transforma esa atracción inicial en indignación y morbo colectivo. Este fenómeno incita a los usuarios a posicionarse en extremos opuestos para defender posturas morales o reafirmar su pertenencia grupal, convirtiendo los espacios digitales en trincheras ideológicas.

 

La búsqueda incesante de engagement que es el nivel de interacción, fidelidad, y conexión emocional que tiene la gente, distorsiona la conversación pública y deshumaniza a las partes involucradas, creando el entorno propicio para la discriminación, la violencia verbal y la marginación.

 

Frente a esta creciente tensión en el mundo, organismos e instituciones globales han emitido alertas severas sobre la urgencia de frenar el impacto devastador del odio digital. El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha advertido repetidamente que la falta de regulación frente a la desinformación y el morbo en redes sociales sirve como un amplificador masivo de los peores impulsos humanos, alimentando tensiones que derivan en daños reales fuera de la red. “El discurso de odio es el primer paso en el camino hacia la deshumanización”, decía hace unos días.

 

De la misma manera el Papa León XIV, lo he citado en anteriores participaciones, ha exhortado a la comunidad global a desarmar la comunicación de todo fanatismo, agresividad y prejuicio, y usar el lenguaje para construir discursos fundamentados en la verdad, el diálogo y el respeto a la dignidad humana.

 

El verdadero progreso cultural y tecnológico exige construir un espacio digital más justo, paciente y humano. Romper el ciclo del morbo y la agresión está en nuestras manos: implica pausar antes de hacer clic, negarnos a alimentar el escarnio público y utilizar la palabra para tender puentes en lugar de levantar muros. Como señala Magnifica humanitas, la grandeza de nuestra especie radica en nuestra capacidad afectiva, espiritual y relacional, cualidades que ningún algoritmo puede replicar. Al elegir la empatía sobre la indignación y la verdad sobre la morbosidad, transformamos las redes en herramientas de encuentro, cultivando una cultura digital fundamentada en la paz, el respeto mutuo y la defensa innegociable de la dignidad de cada persona.

 

¡Vamos a hacerlo diferente!