En vísperas del Día del Adulto Mayor, que se conmemora este 28 de agosto, Puebla enfrenta un acelerado proceso de envejecimiento poblacional que ha incrementado la demanda de residencias, asilos y centros especializados para personas de 60 años y más.
Sin embargo, acceder a estos espacios continúa siendo un privilegio principalmente para familias con capacidad económica.
En Puebla, las tarifas de las residencias privadas pueden oscilar entre 10,000 y 35,000 o 38,000 pesos mensuales, dependiendo de factores como el tipo de habitación, el nivel de dependencia y los servicios médicos requeridos. El costo promedio se ubica entre 15,000 y 20,000 pesos al mes, aunque los espacios especializados para personas con Alzheimer, Parkinson u otras condiciones pueden elevar considerablemente la tarifa.
Entre las opciones disponibles se encuentra Casa Vida Plena, donde el club de día tiene un costo aproximado de 400 a 450 pesos diarios, mientras que la estancia permanente va de alrededor de 10,500 pesos en habitaciones compartidas y hasta 18,000 pesos en habitación individual.
Otras residencias manejan tarifas iniciales de entre 12,000 y 13,000 pesos, mientras que los desarrollos de tipo senior living y servicios premium pueden superar los 35,000 pesos mensuales.
Los servicios ofrecidos suelen incluir atención médica y enfermería, administración de medicamentos, alimentación especializada, lavandería, limpieza, fisioterapia, terapia ocupacional y actividades recreativas; en algunos casos también se brindan cuidados para personas con demencia, tratamientos postoperatorios, cuidados paliativos, podología y acompañamiento psicológico.
¿Por qué se eligen estas “casas de descanso”?
La elección de una residencia para adultos mayores suele responder a la necesidad de contar con cuidados profesionales que la familia no puede brindar, especialmente ante enfermedades crónicas, demencia, movilidad reducida o requerimientos de vigilancia permanente.
También influyen las dinámicas familiares actuales, como el trabajo de ambos adultos, la migración, las familias pequeñas y el agotamiento de los cuidadores.
Además de atención especializada, estas residencias ofrecen seguridad, convivencia y actividades que favorecen el bienestar y la autonomía; por ello, en algunos casos, es el propio adulto mayor quien decide ingresar para no representar una carga.
Expertos señalan que, cuando existe un vínculo familiar constante mediante visitas y acompañamiento, vivir en una residencia no significa abandono, sino una alternativa para garantizar atención y una vida digna.
No obstante, el acceso está marcado por una fuerte desigualdad: las familias de ingresos medios y altos suelen combinar pensiones, aportaciones de varios hijos o recursos provenientes de la vivienda del adulto mayor para cubrir las mensualidades.
En contraste, quienes tienen menores ingresos recurren principalmente al cuidado familiar o a instituciones de asistencia social, cuyos espacios son limitados y pueden tener listas de espera.
En el ámbito público hay alternativas como las Casas del Abue y albergues para personas en situación de vulnerabilidad, que ofrecen atención bajo esquemas de gratuidad o cuotas de recuperación determinadas mediante estudios socioeconómicos; sin embargo, la capacidad disponible resulta insuficiente frente al crecimiento de la población adulta mayor.
El reto va más allá de la celebración del Día del Adulto Mayor: se requiere ampliar la infraestructura de cuidados de largo plazo, fortalecer la regulación de los establecimientos y generar opciones accesibles para que la calidad de vida durante la vejez no dependa exclusivamente de la capacidad económica de cada familia.