Proteger a la niñez y la juventud del efecto dañino de la tecnología y de las redes sociales que está provocando en ellos la decisión equivocada de actuar contra su vida y la de los demás, es un tema que de nueva cuenta se ha puesto en la discusión pública, luego de los terribles y lamentables hechos ocurridos en una escuela de Torreón a manos de unos gemelos.
De acuerdo con las indagatorias de la Fiscalía General del Estado de Coahuila, los chicos vivieron una infancia alejada de la convivencia social, de aislamiento de su comunidad y refugiados en los dispositivos móviles, según han relatado los familiares de los chicos.
Ese vacío social de su infancia fue llenado progresivamente a través de internet. Los jóvenes se adentraron en foros virtuales y comunidades digitales de "pseudofanatismo". En estos espacios, los algoritmos los llevaron a consumir de forma obsesiva contenidos que propagaban el odio, e incluso llegaron a idolatrar a perpetradores de masacres internacionales.
Esta desconexión total de su entorno inmediato —el fenómeno que el papa León XIV describió conceptualmente como una disociación donde se pierde la capacidad de empatizar con el sufrimiento del otro— fue incubándose durante años en la privacidad de su casa, hasta que finalmente detonó de forma violenta en las aulas de su escuela.
Este doloroso acontecimiento coincide de forma alarmante con las advertencias que el papa León XIV pronunció apenas unos días antes, el 25 de septiembre, durante su histórica visita a la sede de la UNESCO en París. En su discurso, el Pontífice alertó al mundo sobre los peligros de la hiperconectividad y cómo una globalización sin fraternidad reduce la vida humana. Explicó que el consumo desmedido de tecnologías digitales está provocando una grave disociación en las nuevas generaciones; un fenómeno en el que los jóvenes se conectan a grandes distancias, pero se desconectan de su entorno inmediato, perdiendo la empatía y transformando el sufrimiento ajeno en un simple espectáculo de pantalla.
La tragedia de Torreón no es un hecho aislado, sino el reflejo vivo de esa "deshumanización" digital denunciada en los foros internacionales. Cuando el algoritmo de una red social se vuelve el principal educador de un adolescente, el sentido de comunidad se fractura de raíz. Para evitar que el odio de internet se siga materializando en nuestras escuelas, se vuelve indispensable asumir una responsabilidad compartida. No podemos seguir siendo espectadores pasivos; reconstruir la paz requiere que el hogar, las autoridades y el cuerpo docente actúen como un frente unido.
En primer lugar, el hogar debe volver a ser el refugio principal de la escucha y el afecto. Las familias no pueden delegar la crianza emocional a las pantallas de los teléfonos móviles. El monitoreo de lo que los hijos consumen en el entorno digital no debe entenderse como una invasión, sino como un acto de amor y protección indispensable para frenar el aislamiento crónico. Es urgente que en casa se recupere el diálogo cara a cara y se detecten a tiempo las señales de frustración o fanatismo antes de que los discursos de odio de internet llenen esos vacíos emocionales.
Por su parte, las autoridades deben abandonar la postura de simples observadores tecnológicos. Como bien urgió el Papa ante la UNESCO, los gobiernos tienen la obligación de exigir mayor transparencia y límites a las plataformas digitales, impidiendo la propagación descontrolada de contenidos violentos. El Estado debe proveer programas urgentes de salud mental, apoyo emocional y alfabetización mediática en las escuelas, garantizando que la tecnología sirva al crecimiento humano y no a su destrucción.
De ahí la importancia de la propuesta y anuncio de la presidenta de México Claudia Sheimbaum para emitir un decreto presidencial coordinado por un grupo de trabajo interinstitucional. Esta iniciativa obligará por ley a las plataformas digitales a detectar y retirar de forma inmediata cualquier contenido que incite a la violencia, el acoso o el abuso, buscando que las empresas tecnológicas asuman su cuota de corresponsabilidad en la radicalización digital de los jóvenes.
La paz en las aulas y en la sociedad en general, solo regresará cuando decidamos levantar la mirada de las pantallas y hacernos cargo, juntos, del bienestar real de nuestra juventud.
“Con respecto a esto, animo a toda la comunidad internacional a prestar especial atención a la protección de los niños y los jóvenes. En la era digital, su vulnerabilidad nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación. Que estas tecnologías apoyen su crecimiento, su educación y sus relaciones, salvaguardando su libertad de pensar y discernir, y permaneciendo siempre al servicio de la dignidad de la persona humana”. (SS León XIV, Septiembre 25, UNESCO)
¡Vamos a hacerlo diferente!